8 – 8.

8 – 8. Gana quien llegue a 11

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Papá, he comprado un kilo de mejillones y no sé cómo hacerlos. ¿ Cómo se cocinan ?

¿Cuánto te han costado ? Dos al kilo.

Bien, pues a ver, es muy fácil, los echas todos en una olla grande, los pones en el fuego medio y en seis o siete minutos estarán listos, ellos sueltan agua y se hacen al vapor. ¿ Así de fácil ?, que bien, pero papá, un kilo es mucho, ¿ echo la mitad ?. No, echa todos, no ves que ese kilo también incluye las conchas, al final serán menos de 300 gramos lo que comerás, eh, pero échale un poco de limón después y si tienes laurel mientras se hacen al vapor. El limón, hijo, es para luego, cuando los comas, como hace tu madre aquí en casa, ¿ te acuerdas ?. Claro papá, muchas gracias, cuelgo, os quiero.

Pero mi padre entonces vivía en Sevilla o en Salamanca, ciudad que nunca quedaba clara cuando nos hablaba de su vida en la cena. Volvía de estudiar para la oposición a maestro de francés o para obtener el título de maestro en la universidad, tampoco esto quedaba muy claro cuando nos lo contaba. Pero sí recuerda con precisión la pescadería que abría a las ocho de la mañana todos los días menos el lunes, se llamaba Almuñecar y el pescadero era el Diego, el periodista que tras un  bonito reportaje en el alta mar de Cabo Verde pensó que su auténtica vocación era vender pescado en una ciudad sin mar. Como Sevilla o Salamanca. Ambas sin mar.

Recuerda que cuando volvía de estudiar subía a casa para dejar los libros, allí bebía un vaso de agua, comía una manzana y bajaba a la pescadería.

Diego, ¿ qué tenemos hoy ? Y entre ambos convenían que era lo mejor del día, el mejor género de la lonja sin mar. Todo ese pescado y marisco sobre un fondo de hielo despedazado, ese olor a mar tierra adentro que le gustaba tanto a mi padre, ese olor que siempre le ha gustado tanto.

Hoy sigue yendo casi todos los días a comprar pescado para la cena. Casi siempre lo hace sin nada, en una sartén con aceite y quizás ajo o perejil.

Merluza, salmón, caballa, rosada, lenguado, gambas, percebes gallegos o de Marruecos, langostinos normales o tigre, gambones, camarones, calamares, sepia, cigalas para mi hermana, lubina, navajas para mí, pulpo, fletán casi nunca, bacalao de cualquier lugar del Atlántico, nunca peces de río, mejillones, almejas, coquinas, bueyes de mar, caballa. Tantos de ellos para hacer cebiche. Berberechos, ostras, erizos de mar. Atún o salmón para hacer sashimi y sushi. Boquerones en vinagre que una vez tuvieron anisakis, ese gusano que algunos peces llevan dentro y que si lo comes vivo casi te mueres. Pero al final solo había uno y mi hermana lo vio nadando en el vinagre.

Subía con el pescado o el marisco comprado, lo cocinaba en el momento porque no tenia ni frigorífico ni calefacción, porque vivía con un polaco que solo comía latas de legumbres y un antiguo ex campeón de esgrima en las Olimpiadas o algún Mundial o en un simple campeonato municipal. Lo cocinaba porque en aquella época todavía no sabía que también cierto pescado se podía comer crudo como desde siempre lo habían hecho los japoneses. Cogía un plato, aceite quizás, lo emplataba y se lo llevaba a su habitación, que era más caliente que la cocina y el baño porque tenía un infernillo, esto es un pequeño calefactor que se ponía rojo cuando tenía mucho calor.

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