Desde Nápoles

Desde Nápoles 

Hola mamá, te escribo desde Nápoles, el Sur Italiano.

Nota al lector: Adela ( personaje que aparecerá cerca del final ) es mi hermana de verdad.

 El Norte es insoportable porque las chicas deben ser bonitas y las ciudades decadentes, desordenadas, sucias, llenas de personas y siempre por hacer”.

Sabes que he vivido por cuatro o cinco meses en Trento, una ciudad del Norte Italiano. El aburrimiento allí es eterno, ciudad perfecta, allí no se muere, Dios es factible, el miedo no existe, tampoco la alegría, es como no haber nacido nunca.

Sabes que viajé al Sur un día, a Nápoles, volví a verla. Era ella en otros ojos iguales igual de bonitos, era otra forma de contar. La muerte me volvió a dar miedo, tenía que decidir, tenía que elegir.

Hay tanta gente en esta calle de Nápoles – se llama Vico Fico – que Dios no es posible, se vende tanto pescado en la calle que el Mar es el Dios de la ciudad.

Mamá, ¿sabías que aquí las máquinas son superiores a las personas? Los coches y las motos deben pasar antes, el ser humano es después, cruza al final, las bicicletas no existen como en las ciudades del Norte.

Creo que hemos llegado al final, ya no hace falta hacer el amor para permitir la descendencia y la supervivencia del ser humano, se muere hoy y se vive también hoy, un segundo antes de que ese coche te quite la vida o la Virgen de la Camorra te proteja.

Mamá, ¿te acuerdas de esa película que vimos? La Necesaria Independencia de Ivo. Parece que Ivo tenía razón, al final resulta que la tenía.

Mamá, no quiero volver al Norte, me da miedo volver porque allí no viven los locos, allí viven los que llevan el mundo, los cabales que leen desde pequeños en sus habitaciones sentados sin levantarse o tumbados.

Mamá, no quiero subir, me quiero quedar aquí, mamá, quiero me llames y que me digas que todos estáis bien, me siento solo al volver, mamá, te escribo desde Nápoles y esta carta cruzará el Mar Mediterráneo.

He dejado el Norte.

Sabes que escribo porque tú siempre leíste novelas y los libros que tenías en las estanterías nunca hicieron que me enamorase.

Mamá, yo leía a mujeres que escribían porque eran diferentes, llevaban la alegría dentro, en todas las páginas, las leía porque tú comprabas esos libros y yo luego los leía.

Gracias mamá.

Adiós, me voy, ahora vamos a la estación de metro más bonita del mundo, se llama Salvator Rosa. Voy también con ella. La conocí aquí, trabaja en un lugar donde la vida es el límite, es confín y frontera, como esos que recorro a pie en cuanto puedo.

Ella también trabajó en un hospital. Sería la alegría, la referencia de la vida, el futuro y la supervivencia, sin duda. Justo ese paso en la frontera.

Yo no sé a dónde lleva la tristeza, desde luego lleva a esto, espero que te guste.

Dile a Adela –  ahora que se va a vivir a Madrid ­– que nunca sea como yo.  Sólo sirvo para rellenar espacios en blanco que nunca nadie creó. Me gustaría poner los bombones de chocolate en las cajas y comerme uno al día como rebelión.

Dios, maldito final, no quiero acabar nunca, no quiero dejar de escribir, no quiero morir nunca. Adiós mamá.

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