Turismo religioso

Turismo religioso

El turista medio había dedicado media vida al turismo deportivo. Visitaba los estadios de fútbol de las ciudades antes de llegar al centro. Llegó incluso a visitar varios estadios de baloncesto en los momentos de mayor actividad. No evitaba ningún lugar.

Las cuatro grandes pistas de tenis ya las conocía: Australia, Francia, Reino Unido y Estados Unidos. De la Fórmula Uno los circuitos de São Paulo, Valencia y Mónaco ya estaban hechos. Otros deportes con sus lugares llenaban sus listas de papel. Una de ellas eran los estadios de fútbol visitados en Portugal.

Estádio do Dragão ( Oporto )

Como buen turista había entendido que había lugares deportivos imposibles de clasificar. El clásico ejemplo que daba como guía turístico eran las pistas de balonmano y voleibol. El waterpolo era un mundo aparte, al igual que el tenis de mesa o el bádminton.

Hoy trabaja como guía turístico: empleará el resto de vida que le queda en enseñar a hacer sus viajes.

El turista europeo normal dedicaba su vida al turismo religioso. Sólo visitaba iglesias a las que podía entrar sin problemas porque en verano protegían del calor y en invierno del frío. Llegó incluso a comer avellanas en una de ellas. Nadie le dijo nunca nada, nunca nadie le molestó.

“Se entra tranquilo, se debe acompañar la puerta al cerrar para no molestar a los que ya la visitan, una vez dentro se inicia a caminar, hacia el centro o hacia los lados, si la temperatura es fría es importante encender varias velas: o utilizando una encendida o la vela a disposición para tal tarea. Si hace calor no es una auténtica iglesia, mejor salir. Quedarse en pie, las manos unidas por detrás, mirar al frente o hacia arriba, observar a los demás, y si en ese momento se comienza a ver que las personas inician a darse la mano es bueno hacer lo mismo con aquellos que se encuentren cerca de uno”.

El turista religioso europeo normal se había quedado dormido en una iglesia, tumbado sobre un banco mirando hacia al cielo, veinte velas había encendido, por lo que si antes hacia frío, al dormir no lo hacía más y se estaba bien, la temperatura era agradable para el invierno. El turista descansaba del viaje. Se sentía bien.

Soñó que entraba en el Cielo y que Dios le decía Hola.

El turista interpretó el sueño, dejó de viajar y deseo ser Santo a pesar de las advertencias de los frailes de aquel lugar: no es un buen momento para hacerse Santo después de soñar.

Pero él estaba convencido, ese sueño era una señal, y las dos palabras llevaban la eñe, no se podía pedir más.

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