Nietzsche bien escrito …

Nietzsche bien escrito

murió abrazado a un caballo en Venecia

gracias a Sonia Juara

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Mi padre siempre hablaba de un tal Nietzsche, pero nunca sabía cómo escribirlo.

En el último curso del instituto una compañera de clase que se llamaba Sonia Juara me enseñó una técnica nemotécnica esencial: Nietzsche era para ella en realidad el Tazas. TaZaS. Sería definitivamente así – pues aproveché para aplicar la regla a todos los filósofos estudiados ese año con el profesor Rodrigo – : Platón fue el Plato, Santo Tomas de Aquino el Tomi, Kant el Canto, Nietzsche el Tazas y Ortega y Gasset el Ortega.

Sonia Juara era también la hija de los dueños de la cafetería del instituto. De lo que sus padres vendían a la hora del recreo recuerdo el bocadillo de tortilla de patatas y el de salchichas con kétchup. A mí me gustaba mucho más el primero, el segundo sólo lo pedía a veces para aparentar modernidad. También vendían patatas fritas con un palito de madera para no mancharse los dedos de rojo.

Sonia Juara estaba entonces enamorada de un nombre que recuerdo como Francisco Haro, me lo confesó en cuclillas ella y yo sentado en la mesa de una clase del segundo piso. Pensaba que ella me quería a mí, era pelirroja y todavía la publicidad seguía haciendo un buen efecto. Sin embargo, quería al alto de Francisco, un buen chico.

Hoy tengo un serio problema con la Publicidad.

Sarà Toniolli también me confesó – en una cafetería – que había leído a Nietzsche en español cuando estaba en Shanghái. Era El Anticristo y la publicidad cada vez me hacía más daño, yo que siempre me había considerado un buen hijo bastardo de Occidente.

Sarà Toniolli entonces me habló de los submundos universitarios de Venecia y de los enfrentamientos a cielo abierto que cada jueves se producían en la ciudad. Hay tres bandos divididos por las tres universidades venecianas, me decía, los comerciantes, los artistas y los arquitectos. Los primeros van a los bares y beben cervezas enfriadas y guardadas en el mar, los segundos llenan la ciudad de noche de colores las noches de luna llena, los terceros entran en las casas vacías para hacer fiestas entre dos o tres. Cada uno de ellos defendía en cada golpe al otro una visión de la Humanidad, de la Vida, de la Bendición del Amor, el Sexo o la Fama. Sólo querían no morir.

Se peleaban en los campos centrales o periféricos de Venecia, se destruían y acababan felices en los canales desfallecidos. Los más violentos se unían para hacer parte del grupo ultra del equipo de fútbol de la ciudad, el Unione Venezia. Odiaban a los del Venezia Mestre. Eran el mar y laS islas, los de Mestre eran la tierra, los coches, las bicicletas y los autobuses.

Yo, es cierto, debía de haber intuido que esta última chica era italiana porque en media hora se tomó dos cafés cortos de leche. Primero la espuma y luego en pocos minutos el resto. Yo debería de haberlo intuido, pero me decía que los que llevaban mucho tiempo en Venecia se orientaban ya mentalmente, que sabían volver a casa por el camino más corto sin la necesidad de hacer el más largo.

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