Robo perfecto en un campo de amapolas

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Mamá, te escribo esta historia porque es verdad. Gracias a ti fui a Venecia en el Carnaval – querías que hiciera unas fotografías – y viví esta bonita historia que se hizo historia porque conseguí sobrevivir a ella.

Los personajes de la historia que te voy a escribir están en las tres únicas fotografías que tuve tiempo de hacer antes de que me viese envuelto en algo demasiado extraño como para ser todavía hoy capaz de entenderlo. Quizás tú lo consigas, pues siempre te gustaron mucho las novelas policiacas, sobre todo aquellas escritas por mujeres y con mujeres protagonistas. Suerte.

En la primera fotografía aparece Boris, el amigo búlgaro con el que fui a Venecia. Él vino conmigo porque 49 búlgaros amigos suyos venían desde Sofía a Venecia para darle un paquete, luego continuarían hasta Paris, donde – según Boris – darían un espectáculo de baile. Los tres personajes disfrazados más tarde averiguaría quienes eran. Espera.

En la segunda fotografía puedes ver a tres chicas y a una mujer asiática. La japonesa no es importante en esta historia, olvídala, fíjate en las otras. Estas chicas eran estadounidenses, dos de ellas de Boston y otra de Nueva York. Nos dijeron que estaban en Venecia esperando a unos amigos canadienses. Atenta a los detalles. El bolso azul y la botella de agua.

En la última fotografía puedes ver a un grupo de periodistas fotografiando a dos personajes esenciales del Carnaval y de esta historia. Observa. Entre ellos no se ponen de acuerdo, cada uno se deja fotografiar por separado, uno mira a la derecha y otro a la izquierda. Presta atención.

Después de comer con Boris varios bocadillos, de visitar el estadio de fútbol del equipo de la ciudad con las estadounidenses, de tomar un café con leche con los periodistas e ir al servicio a lavarme las manos, me encontré con un chico que tuvo el valor de confesarme que en aquel mismo momento se estaba produciendo uno de los robos perfectos que cada año se realizaban en las plantaciones de amapolas opiáceas de la empresa farmacéutica Bayer en el sur de España.

Mamá. ¿ Lo entiendes ahora ?

Todo encajaba. La emoción se había desvanecido con la solución. Lo mejor era dejar que la imaginación volase por encima y que se quedase allí sin final, sin final jamás.

Era como los libros que siempre leías tú primero y luego yo, doscientas páginas cavilando nosotros sobre los motivos de todo aquello y el final no era para tanto, como decíamos mientras se preparaba el café en la cocina. Con hielo en verano. Tomando el sol. En la playa tomando el sol. Viendo el mar en el Vizcaya. Con la abuela después de comer. Viendo las películas de serie B con Adela. El pequeño universo humano de tu colegio, que más que un libro parecía una novela. Cuando estabas triste en la cocina y hablábamos en el salón porque dormía Neko o Ichi o Gaia o el Pitufo. Cuando me contastes por qué te enamoraste de papá.

O de cuando granizaba tanto que no se veía nada, y tuviste que parar el coche para abrir las puertas, hacer que la niebla entrase en el coche y poder salir así nosotros fuera para poder ver el sol entre los campos de girasoles que nos llevaban de vuelta a la que fue a tu casa.

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